Hay que prestar la misma importancia a la textura de los alimentos y bebidas que al sabor.
El sabor es el rey. Siempre lo he dicho y siempre lo diré. A lo largo de nuestra vida, como clientes, compramos alimentos y bebidas preguntándonos primero ¿a qué sabe? Pero la segunda pregunta que nos hacemos es ¿cómo se siente en la boca? La textura es la siguiente frontera.





Lo interesante no es que la textura importe más o menos que el sabor, sino cómo está evolucionando y cómo se supera el reto de hacerlo bien. Las apuestas ya no van por una textura única, sino por varias texturas a la vez, superpuestas del estilo, crujiente por fuera, blandito por dentro; cremoso que evoluciona hacia algo más seco o seco que de repente, al morderlo se vuelva húmedo. Esto no me lo he inventado, la inspiración viene de Asia y Europa Central: Lo hemos visto con el chocolate Dubai, pero también los mochi, los boba…
El reto no es fácil pero para quienes trabajamos en innovación de producto, la lectura a partir de ya tiene que ser poner la textura al mismo nivel que el sabor. No puede seguir siendo el último y acelerado ajuste después de haber logrado el sabor «perfecto». Categorías como snacks, confitería, lácteos y panadería ya están usando la textura como diferenciador estratégico real, no como decoración sensorial.